Rubén Darío y Estados Unidos, ayer y hoy
Leí, muy joven, en los libros, hoy olvidados, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia (1962) y Bolivarismo y Monroísmo (1969), de Indalecio Liévano Aguirre (1917-1982), el relato del origen y desarrollo de la llamada Doctrina Monroe, tan famosa como letal y funesta. Cuando creíamos que se trataba de una etapa superada en América y en el mundo y que la democrática doctrina internacional de la no intervención en el destino de los pueblos había llegado para quedarse, ha regresado renovada la Doctrina Monroe, con más descaro, más desfachatez y más violencia. Por eso, le he pedido al poeta Joaquín Mattos Omar que me permita reproducir sus palabras escritas en la sección “Acento”, de la revista virtual Contexto, que recuerdan la protesta, a comienzos del siglo pasado, de nuestro gran poeta Rubén Darío, frente al uso de la Doctrina Monroe en la presidencia de Theodore
Cuando la doctrina Monroe dio
lugar a un memorable poema
Roosevelt fue el autor de lo que se llamó el
corolario de la doctrina Monroe, una figura que ahora Trump, como se sabe, ha
replicado a su manera, creando así una suerte de segundo corolario de la
doctrina Monroe. En síntesis, esta última, formulada en 1823 por James Monroe,
quinto presidente de Estados Unidos, estableció que Europa era para los
europeos y que América (la del Norte, la del Centro y la del Sur) era para
Estados Unidos. “Ustedes resuelvan entre sí sus propios problemas (y los de
Asia y África, si quieren) y yo no me involucraré en ellos, pero en mi
hemisferio no se metan más”: tal era lo que, a través de dicha doctrina, la
incipiente potencia yanqui venía a decirles a las viejas potencias europeas.
Ocho décadas después, el 6 de diciembre de 1904,
Roosevelt, vigésimo sexto presidente de Estados Unidos, proclamó en Washington
ante el Capitolio que para garantizar el efectivo cumplimiento de la doctrina
Monroe su país
tenía todo el derecho de intervenir en América Latina siempre que lo estimara
necesario. “Ahora
somos la policía internacional de nuestro hemisferio”, vino más o menos a
decir. Esa postura, ratificada y detallada un año después, también ante el
Congreso, por este hombre “primitivo y moderno”, tan dado a escribir libros
como a matar osos y leones, fue la que se designaría como el corolario
Roosevelt de la doctrina Monroe.
Pero el corolario Roosevelt no fue sino la
legitimación de una política expansionista que ya Estados Unidos venía
practicando en nuestros territorios de tiempo atrás y que tenía como
antecedente cercano la guerra hispano-estadounidense, librada
en 1898, la cual trajo como consecuencia que los norteamericanos ocuparan Cuba
y tomaran bajo su poder y dominio a Puerto Rico y, en otros mares, a Filipinas,
que también hablaba español.
Esa práctica imperialista adoptó, a partir de 1901,
con la llegada a la presidencia de Roosevelt, la forma y el nombre de The Big Stick (el gran garrote), que, además del componente
violento y militar que indica el término, tenía otro de carácter diplomático.
La primera aplicación de este instrumento, en su modalidad pacífica y
negociadora, tuvo lugar en Venezuela, entre diciembre de 1902 y febrero de 1903.
Su primera aplicación de carácter contundente se llevó a cabo en Colombia, y
éste es el hecho que me interesa en este artículo.
El hecho en sí mismo es muy conocido y por eso sólo
me limitaré a mencionarlo: la toma del departamento de Panamá y, más
concretamente, de la Zona del Canal por parte de Estados Unidos el 3 de
noviembre de 1903. Tal
despojo causó gran indignación no sólo dentro de Colombia, sino en todo el
ámbito que José Martí había llamado una década atrás Nuestra América. Los latinoamericanos
sentían que estaban ante un gran monstruo que los sometía y que era capaz de
agredirlos cuando quisiera.
Uno de los que se indignaron, para fortuna de la
dignidad latinoamericana y para gloria de la poesía latinoamericana, fue Rubén
Darío, por aquel entonces la más grande voz lírica en lengua española. Darío,
que era corresponsal en París del diario La Nación, de Buenos
Aires, se enteró del hecho en la capital francesa y su reacción a él fue emitir
una soberbia oda titulada “A Roosevelt”. No se sabe la fecha exacta en la que
empezó a escribirla, pero sí que la terminó en Málaga (España), adonde viajó el
5 de diciembre para pasar el invierno, pues fue de esta ciudad andaluza desde
donde, el 17 de enero de 1904, envió el texto a la revista Helios, editada en Madrid por Juan Ramón Jiménez, su
rendido seguidor y admirador. Allí fue publicada el mes siguiente.
“A Roosevelt” fue pronto reproducida en diversas
publicaciones periódicas hispanoamericanas e incluida por su autor en su
libro Cantos de vida y esperanza, publicado en Madrid en
1905, y que es uno
de los máximos logros no sólo de su obra poética, sino de todo el movimiento
modernista liderado por él.
El poema de Rubén Darío es, por un lado, un alegato, un grito contra un
estado de cosas injusto y arbitrario, y, por el otro, el planteamiento de un
contraste ente las dos Américas: mientras que la anglosajona es pragmática,
bárbara, materialista, codiciosa, la hispana es delicada, culta, está afincada
en ricas tradiciones y tiene elevados ideales.
Constituido por 51 versos distribuidos en seis
estrofas, el poema, en síntesis, describe a Roosevelt –y con él a Estados
Unidos, del cual aquél es su encarnación— como un ser poderoso, fuerte,
conquistador, depredador, obcecado con el dinero y con el progreso material
obtenido sin aprensión y por cualquier medio, y cuya principal presa es la
“América nuestra”, “la América católica, la América
española”, que es “ingenua” y que vive “de perfumes, de amor”, no obstante lo
cual le advierte al “Cazador” que tenga cuidado, que las repúblicas que la
conforman son múltiples “cachorros sueltos del León Español”, que no le será
fácil tenerla en sus “férreas garras”, pues además y en últimas esta América de acá tiene de su parte a Dios.
Ése es el argumento explícito del poema (lo demás
corre por cuenta de las interpretaciones, que han sido numerosas y diversas).
Como puede observarse, es, por un lado, un alegato, un grito contra un estado
de cosas injusto y arbitrario, y, por el otro, el planteamiento de un contraste
ente las dos Américas: mientras que la anglosajona es pragmática, bárbara,
materialista, codiciosa, la hispana es delicada, culta, está afincada en ricas
tradiciones y tiene elevados ideales.
Este dualismo ya había sido expuesto por Darío en
mayo de 1898, con ocasión de la guerra hispano-estadounidense, en “El
triunfo de Calibán”, un artículo publicado en el diario El Tiempo, de Buenos Aires, en el cual recurría a dos
personajes dispares de La tempestad, de
Shakespeare, para simbolizar estos caracteres contrapuestos de las dos
Américas: los incultos y utilitaristas Estados Unidos eran Calibán (una
criatura salvaje y deforme) y
la refinada América Latina era Ariel (una criatura etérea). Tal teoría fue retomada y
desarrollada dos años después por el ensayista uruguayo José Enrique Rodó, en
su célebre libro Ariel, que la convertiría en
el centro de un largo debate sobre la identidad de Nuestra América.
A Roosevelt
Por
Rubén Darío
VIII
Es con voz
de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador,
primitivo y
moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
Eres
soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de Energía
como dicen los locos de hoy.)
Crees que
la vida es incendio,
que el progreso es erupción,
que en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.
Los Estados
Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant lo
dijo: Las estrellas son vuestras.
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.
Mas la
América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del grande Moctezuma, del Inca,
la América fragrante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de amor;
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues
contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!
Santa
Marta, Colombia, 1960. Escritor y periodista. En 2010 obtuvo el Premio Simón
Bolívar en la categoría de “Mejor artículo cultural de prensa”. Ha publicado
las colecciones de poemas Noticia de un hombre (1988), De esta vida nuestra (1998) y Los escombros de los sueños (2011). Su último
libro se titula Las viejas heridas y otros poemas (2019).

Comentarios
Publicar un comentario