Melodía de arrabal, Óscar E. Bustos
Por razones que aún no puedo exponer, sólo, ahora, publico en uno de mis blogs, con la autorización del autor, el texto escrito por el poeta y ensayista Juan Manuel Roca Vidales, leído por él en junio del año pasado, con motivo del lanzamiento de la nueva edición de los cuentos del escritor y periodista Óscar Emilio Bustos, titulada Melodía de arrabal. El texto de Juan Manuel es más que una reseña y fue aplaudido el 18 de junio de 2025, en la Biblioteca Pública de La Victoria, en Bogotá. Allá en la loma estuvimos esa tarde en que, de nuevo, el gran cuentista, el gran cronista, el gran escritor que es Óscar E. Bustos, publicaba nuevos cuentos, junto con algunos que ya conocíamos, muchos de ellos premiados en concursos nacionales. De nuevo, publica Simón Editor. El texto de Juan Manuel es el prólogo del libro. IPG.
Melodía de arrabal
Una reseña y una carta para Óscar Bustos
Por Juan Manuel Roca
Soy de la idea de que la reseña de un libro
puede ser una carta a su autor, un diálogo para esclarecernos como lectores y
resaltar algunas suscitaciones si nos gusta y seduce la obra.
Por supuesto,
como me ocurre con la lectura de Melodía de arrabal, el libro de Óscar
Bustos, un libro de cuentos que son crónicas o de crónicas que son cuentos, es
bueno hacer un llamado, una señal a un posible lector, al “ilustre desconocido”
del que hablaba Aldo Pellegrini y proponerle que no postergue su lectura.
Esa señal
quisiera ir escuetamente advirtiendo que muy rara vez en nuestro medio se da
una pequeña y gran obra maestra de las características de este volumen.
Moderación en el despliegue de recursos literarios innecesarios, pero también
huida del facilismo y de la pobreza en la lengua con la que habitualmente se
expresa el periodismo literario.
Bustos no se
regodea en el argot, aunque narra desde un lenguaje de cosa hablada y de
gran eficacia en el relato. No se explaya en una jerga que muchas veces
escuda la falta de hondura, y que entonces se ampara en el código barrial, como
se implementa en buena parte del cine o de una narrativa epidérmica, de
superficie.
El lenguaje vivo
nacido en lo popular y muchas veces de origen patibulario, la germanía que
tanto festejó Villon, tiene la propiedad de la mutación, del cambio de piel
lingüístico. Resulta entonces efímero el código y lo que ayer significó
una cosa, hoy ya no existe como significado, aunque el objeto persista.
Bustos sabe con Passolini que “no existe un conflicto real entre la
escritura literaria y la escritura periodística” y eso fue algo que
distinguió al poeta y cineasta italiano cuando escribía de futbol.
Le basta al autor
de Melodía de arrabal con reunir diez cuentos desde el carácter
anfibio y libre de su escritura para mostrarse como un narrador
purasangre, de los que saben poner el ojo en el blanco, que escriben como
piensan y tienen, además del don de una aguda observación, una gran destreza
para exaltar lo cotidiano al plano estético, aún en sus episodios más
violentos.
El alma popular,
briosa y explosiva, el alma del niño proletario, las emboscadas del miedo, las
batidas callejeras a nombre de nada, el conocimiento de un autor que sabe que
todas sus historias nacen en la calle antes de desembocar en el papel, tienen
en Bustos un registro que es algo más que notarial. Parece jugado en cada
expresión, en cada lance, en cada historia a la que se asoma más como un
relator-habitante de una ciudad que como un voyeur o un paseante. Sabe sin duda
de lo que está hablando y de lo que está hablando no es otra cosa que de una
ciudad, Bogotá, milagrosa y mezquina a la vez, una ciudad de esquinas donde
puede estar esperándonos el beso o la puñalada.
Una legión de
sombras, de seres orilleros, habitan en la ciudad invasora que se ha ruralizado
con los desplazamientos humanos antes de urbanizarse, unas barriadas del
talión, erizadas y vivas, tiernas y complejas, aparecen en cada cuento del
libro. Son gentes que otra parte de la ciudad invisibiliza. Gentes tras un
telón de niebla y de olvido de las que solamente se habla en los rotativos por
el número de sus desgracias. A veces encontramos una botella de náufrago con
una carta ilegible o escrita en una lengua extinguida. Óscar Bustos logra
traducirla en un lenguaje claro, sutil y coherente.
Una carta
Y bien, Óscar, su palabra entró a mi casa
como un ladrón nocturno y me escamoteó el reloj hasta el amanecer cuando cerré,
como una falleba, las tapas del libro que son dos puertas abiertas a una ciudad
escondida. Luego volví como un hijo pródigo a ciertas páginas como quien vuelve
al lugar donde anidan y se aplastan los milagros. Regresé a sus páginas y me
encontré con la figura de un muñeco, un viejo espanta-años que como
todos los muñecos de diciembre están borrachos. Asistí a un duro ritual: una
familia decide vestir un añoviejo con la ropa del padre que hace mucho se hizo
humo, que cerró la puerta y no volvió a tocarla, y hasta podría ser la metáfora
del cambio de piel al que nos obliga una ciudad donde los hombres andan
ocupados “en hacerse daño unos a otros”. Ah, pero un niño abre y cierra un
paraguas para crear un relámpago o para hacer noche y atrapar humedad a su
antojo. Usted ha pulsado una guitarra negra, ha tocado en ella los ritmos
urbanos, la voz del hermano delator y de quien mira siempre el mundo como una
víspera. Usted me ayuda a empinar para ver el nevado que logro avistar en el
verano muy al fondo del Tolima, desde una terraza bogotana, y sin saberlo me
hace sospechar de “una voz que nunca ha cantado un bolero”. Es difícil
confiar en alguien que no cante. Por su escritura pude saber que a esta
hora está lloviendo en el barrio Juan Rey, que hay alguien que sangra en un bus
y también hay una gavilla de muchachos que patean un balón en las canchas
peladas del barrio Las Malvinas, o en el barrio San Martín de Loba o en Ciudad
Bolívar, donde las casas están a medio construir o tienen de entrada una
vocación de ruina.
Monte arriba,
niebla adentro, se sabe que el sur también embiste, y que la herida busca sin
saberlo un puñal. Cómo no recordar que hay zonas fóbicas al árbol, una luna de
estiercolario y parajes que no parecen del tercer mundo sino del primer
inframundo. A veces, alguien pregunta por el Sol y le contestan que le dieron
materile o que fue a calentarse en los tejares o a posar para unas postales del
Caribe, porque el Sol, así sea el hipócrita sol sabanero, odia la niebla y el
humo. Me recordó, Óscar, que hay hombres a los que buscan para casarlos con sus
sombras para siempre, que los barrios con nombres de santos son los más
peligrosos, que el miedo y el hambre se pasean por los tejados como un gato sin
sombra, que el rastrilleo de un carro en plena noche nunca deja buenas
noticias, que la muerte es el alias de un vecino que un día reaparece, que la
vida es un lance y hay quien brilla un puñal color de luna. Me recordó “que un
hombre es visitado el mismo día y a la misma hora por el amor y la violencia”,
que hay una ciudad en la ciudad que tiende fronteras invisibles, una moneda en
el aire para el beso o el cuchillo. Su palabra entró a mi casa como un ladrón
nocturno y me escamoteó el reloj hasta el amanecer cuando cerré, como una
falleba, las tapas del libro que son dos puertas abiertas a una ciudad
escondida.
Posdata:
Bogotá, Óscar, es una ciudad que no se entrega a primera vista. Es como la mujer envuelta en piel de asno, alguien que oculta su belleza. Quien la encuentra ya no puede vivir sin el opio de su altura. Qué bien muestra su cara oculta en el libro. No es el París que merece caminarse con pasos menudos como los de Lautrec, ni el Nueva York solitario de Hooper o la Lisboa matronal de Pessoa, tal vez tenga una espuria hermandad con la Roma amortajada de Passolini, quizá tenga tratos, malos tratos, con la gran manzana americana visitada por García Lorca y sea como ésa una ciudad terrible y bella, amorosa y supurante.
(Junio de 2025)

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